miércoles, 13 de marzo de 2013

Francesco I

Hace un tiempo que venía en un crescendo de felicidad, de optimismo, de mejoría interna y externa. El mundo comenzaba a encajar a mi alrededor y yo a funcionar como uno de sus pequeños pero indispensables engranajes. Las sonrisas costaban menos, las palabras dulces también. El amor crecía y crecía, hasta el punto de querer desbordarse de mí porque ya no había más lugar donde guardarlo.

Venía pensando hoy en el colectivo sobre quién sería el nuevo Papa, en lo raro que sería tener a un "desconocido" después de haberle cogido tanto cariño a Benedicto XVI. Pero entonces, no fue más que llegar, encender el ordenador y encontrarme un mensaje con una nota del periódico que te proclamaba a vos como el mensajero de Dios en la tierra. 

Al principio no lo creía, me pareció que debía haber algo raro, que tan sólo se trataba de una apuesta de si podías quedar o no. Pero entonces me di cuenta que era real, aunque la realidad se hubiese convertido en una completa fantasía para mi cerebro. Vos, nuestro querido Bergo, que tantos argentinos tuvimos la oportunidad de tener al lado, de poder escuchar tus palabras y acompañar tus sonrisas con las nuestras. ¡El nuevo Papa! 

No sé de dónde venía tanta felicidad ni tanta emoción en aquel momento, pero las lágrimas querían explotar con tanta fuerza de mis ojos que era imposible que cayera una sola gota. Subí corriendo las escaleras yendo a buscar no sé qué tontería, inmersa en ese ensueño extraño del que aún no salgo. Encendí la luz de mi cuarto y nomás al ver aquel crucifijo colgando sentí una inmensa necesidad de postrarme ante él que no tardé en cumplir. Recé y agradecí, sin poder siquiera formular una sola frase coherente. ¡Era todo tan... tan... increíble! 

Supongo que en medio de mi balance personal, venía esperando una señal que me indicara que todo iba bien, que estaba en el camino correcto. Y es tan raro, porque ahora siento que todo tiene sentido y a la vez carece absolutamente de él. Pero la felicidad no me abandona. Las ganas de salir a gritarle al mundo que te quiero, que los quiero, que todo es amor, azúcar, flores y muchos colores. Que si vos te convertiste en el primer Papa latinoamericano, es porque algo está cambiando. Quiero que entiendan que de verdad sos humilde, que no están en vos los aires de grandeza, que te gusta viajar en subte y en bondi, que sos hincha de San Lorenzo, que estudiaste en un colegio público, que tu vocación está al lado de los pobres. Pero la mayoría no lo va a entender, no van a poder comprender que quizás extrañes mucho tu vida tranquila de siempre, aún cuando ahora estés "nadando en oro" acorde al verso popular.

El camino va a ser muy difícil, pero los que te queremos y creemos en vos vamos a estar ahí acompañándote. Especialmente los jóvenes. Porque somos la juventud del Papa, caramba. Y eso no hay nadie que nos lo quite. Gracias, Panchito, por ser aquello que tanto necesitaba nuestra Iglesia.

viernes, 8 de marzo de 2013

Las palabras prohibidas

Odio la realidad.

Un "te amo" escrito en un papel bailotea entre mis dedos antes de desaparecer bajo la sombra de un portarretratos. El recuerdo de unas indirectas arrojadas por una insulsa red social cuando nos encontrábamos a miles de kilómetros de distancia parecía impulsarme a marcar este momento como el adecuado. Suspiro con pesar mientras el papel de regalo oculta el rostro enfurruñado de una niña de tres años, con una mirada solitaria dirigida al horizonte; la mía. Espero no cagarla esta vez, tus comentarios me habían dejado claro que finalmente sería el día correcto.

En el momento del reencuentro no faltan los besos ni los abrazos, intercambiamos los regalos y finalmente llega el instante de que veas aquella tontería que se me había ocurrido darte. Me asusto y me arrepiento, te digo que ese es para verlo cuando ya me haya ido. Me haces caso y lo guardas. Las horas pasan y me voy. 

Ahora soy yo la que está lejos. Te pregunto si lo viste y lo afirmas. ¿Y el mensaje secreto? Confirmas que también. Y nada pasa. Ni siquiera una respuesta. Los días pasan en una acuciante angustia, mientras me pregunto cómo será todo a mi regreso. 

Y vuelvo. Tú te comportas como si nada, dices quererme más que nunca y me adornas la vida con mil tonterías. Pero aún no has dicho eso. Sé que en el fondo lo sientes, quiero creer que lo haces, porque hacía mucho tiempo me dijiste indirectamente que lo hacías. Pero aún no lo he escuchado. Mi corazón vuelve a encerrarse en el duro caparazón del cual tanto te había costado sacarlo. Notas la diferencia, me preguntas, pero no hay nada que pueda decir o hacer para contarte la verdad sin sentirme una estúpida. Siento que, a este paso, jamás habrá un cambio radical en mi vida. Siempre subidas y bajadas, nunca un equilibrio constante.

Todo porque eres un idiota.