lunes, 19 de noviembre de 2012

Indiferencia

Duele, la indiferencia duele. Ojos vacíos que contemplan sin mirar, o que simplemente se limitan a observar al vacío, apartándose de aquellos otros que tan fervientemente buscan encontrarse con ellos. Manos que se apartan, negando la calidez humana a aquellos que tanto lo necesitan. Oídos con fingida sordera, capaces de escuchar el llanto más desgarrador sin conmoverse. Palabras que se callan, guardando con celo los secretos y las beldades que en ellas se esconden. 

 Y por otro lado... Estás tú. Tan inconsciente -o eso me gusta creer- de tu condición de indiferente, que no te das cuenta -yo pienso que no lo haces- del mal que infliges a mi corazón cada vez que tus ojos rechazan los míos, cada vez que mis manos pierden el calor de las tuyas, cada vez que mis palabras se pierden en el vacío que las separa de tus oídos, cada vez que las tuyas mueren antes de ser pronunciadas. 

Y también estoy yo, preocupada y deferente, insistiendo ciegamente en progresar con algo que jamás evolucionará. Marchitándome poco a poco, perdiendo la vida en un capricho tonto que me impide comprender que no es necesario que me odies para destruirme. Con lo que haces, ya es más que suficiente. Porque el odio no mata... 

La indiferencia sí.


domingo, 18 de noviembre de 2012

Necesito un reloj

Nuestro tiempo lo rige una medida
que marca el reloj cada momento,
pero noto que su paso es más lento
cuando tu corazón de mí se olvida.

Necesito un reloj que dé a mi vida
cada tiempo según el sentimiento,
cuando haya amor, que el reloj vaya lento
y si hay dolor su marcha bien movida.

Entonces el reloj se detendría
cuando goce mi piel de tu caricia
y cuan rápido como una noticia

si no estas tú su aguja marcharía.
Pero, al tiempo lo rige una medida,
como amor y dolor, rigen la vida.


José Enrique Paredero



El otro día recordé este poema.
Siempre me gustó tanto, que no pude evitar escribirlo.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Acciones confusas

Hubo un tiempo en el que creí que jamás iríamos a la par, que estarías por siempre diez leguas delante mío. Veía en tu cariño una devoción que en el mío no encontraba, observaba en tus acciones más de lo que yo podría haber expresado en mil palabras. 

Pero un día, aunque no fue tan sólo uno pero a veces es agradable el tinte de cuento infantil que evoca el englobar el tiempo como tal, algo empezó a tomar un rumbo diferente. De pronto necesitaba verte más asiduamente y tus ausencias se me antojaban más largas y pesarosas de lo habitual. Las palabras de amor se desbordaban sin control de mis labios, aflorando a borbotones, como el caudal de un río descontrolado. Los abrazos, por más eternos que fuesen, parecían más cortos que nunca. Y lo que antes en mí era un árbol marchito, se había convertido en un naranjo en flor. 

Todo marchó perfecto por un efímero instante. Sin embargo, no tardé en empezar a sentirme extraña. La correspondencia volvía a distribuirse de manera desigual. Si no era yo, eras tú. El equilibrio parecía algo ajeno a nuestras vidas. Cuanto más lo pensaba, más certero lo veía. Pronto supe que jamás iríamos a la par, que estaría por siempre diez leguas delante tuyo. Veía en mi cariño una devoción que en el tuyo no encontraba, observaba en mis acciones más de lo que tú podrías haber expresado en mil palabras. Sentía en mi corazón roto, la triste pena de amar y no ser amada.