miércoles, 7 de diciembre de 2011

El ansiado despertar

Por favor, abre los ojos. Mírame otra vez. Hace mucho tiempo que estás allí dormido. 

¿Qué te ha pasado? ¿Por qué no despiertas? Sólo el letargo eterno dura tanto, tú ya deberías estar saltando otra vez por el patio de casa, feliz como siempre solías estar. Recuerdo cuando te vi por primera vez. Eras tan sólo una pequeña y arrugada pasa de uva, rojiza y llorona, pero yo te quise igual. Luego te volviste más guapo, con aquella pelusa a la que llamábamos cabello -por más que fuera una pobre imitación del mismo- rebosando en la cima de tu nívea cabeza. Desde muy pequeño ya eras idéntico a tu padre. Los mismos gestos, los mismos berrinches, la misma sonrisa. Recuerdo también, cuando vestiste tu primer esmoquin. Te veías tan hermoso en él; un auténtico adulto en miniatura. Faltaban sólo el bastón y la galera para hacerte lucir como un verdadero dandi. 

Pero ya hace mucho tiempo de ello, ahora estás sumido en un sueño tan profundo, que parece que no fueras a despertar jamás. Al menos, tu rostro ya no se ve tenso. Sé que las últimas semanas fueron muy difíciles para ti, quizás más de lo que lo fueron para mí. Pero te portaste como un auténtico héroe. Es lógico que después de todo lo acontecido estés tan cansado que no puedas despegar los ojos. Sin embargo, me gustaría que despertaras. Tengo muchas cosas que contarte.

¿Recuerdas aquel muñeco de acción que se había perdido? ¿Ese que era tu favorito? Pues, lo he encontrado. Estaba al fondo del enorme baúl de tus juguetes. Te dije muchas veces que buscaras allí, que no podía haberse extraviado. Pues, al final estaba en lo cierto. Ayer lo hallé, mientras acomodaba tus cosas en las cajas nuevas. Las guardaremos muy bien en ellas, cerraditas y ordenadas para que, cuando despiertes, tengas todo perfectamente organizado. Así tu querido muñeco no volverá a perderse otra vez.

No quiero decirte esto, pero cada vez estoy más insegura de que vayas a despertar algún día. Lo espero a toda hora, constantemente. Miro el reloj, muevo tus pequeños bracitos, pero estás tan fatigado que ni siquiera eres capaz de reaccionar con un acto reflejo de tu subconsciente. Pobrecillo. Y pensar que siempre solías tener tanta energía, tanta vitalidad. Mírate ahora, tan pálido, tan agotado. Al menos sé que estás descansando, realmente lo necesitabas. Pero me aterra… Hay mucho silencio en casa, ¿sabes? Las tardes no son lo mismo sin tus risas. Es como si al día le faltara el sol. He descubierto que no hay sonido más incómodo que el provocado por el vacío que genera la ausencia del mismo.

Déjame besarte en la mejilla una vez más antes de irme. Aunque esta vez, ya no sé si podré volver. No creo que me dejen hacerlo. Todavía no lo entiendo, pues yo no te he hecho nada malo. Jamás comprenderé por qué no me dejan quedarme. Ahí vienen, dicen que parezco alterada, quieren llevarme lejos. Míralos, ¡observa cómo se acercan, cual almas que llevan al demonio dentro! Maldición, cierto que no puedes hacerlo, olvidaba que estabas dormido. 

¿¡Por qué demonios no despiertas!? ¡Hazlo de una vez! ¡Diles que me dejen quedarme, que no tienen derecho a arrastrarme así, tan lejos de ti! Pero es inútil, no haces nada más que dormir. Ya están a mi lado, me han cogido por los brazos y me están apartando. Pero no me daré por vencida tan fácil. Una madre no puede abandonar así a su hijo. De lo contrario, te sentirás desolado cuando despiertes y descubras que estás solo. Pero no lo estarás jamás, pues no te dejaré. Permaneceré contigo hasta que vea a tu carita volviendo a sonreír. Necesito escuchar tu risa una vez más. 

Pataleo y grito hasta que consigo soltarme. Me abalanzo sobre ti, intentando protegerte, retenerte conmigo. Pero vuelven a la carga, esta vez con mucha más intensidad que antes. Cuando un par de fuertes brazos me cogen por la cintura, comprendo que ya no hay escapatoria. Es tu padre. Incluso él ha venido a alejarme de ti. Comienza a jalar de mí hacia atrás, ayudado por otros pares de manos que desesperados acuden a socorrerlo, y lentamente me van apartando. Hago mis últimos esfuerzos, salvando la distancia que me separa de ti una vez más, pero luego recibo un fuerte tirón que me obliga a retroceder. Mi mano recorre abruptamente tu rostro antes de ser alejada de ti para siempre... 

Acariciando por última vez tu cuerpo muerto.



9 comentarios:

  1. se me cayó una lágrima. Me dio tanta nostalgia, pensar que pasan esas cosas todos los días.. Realmente es muy triste que sea la realidad. De todas formas, me encanta como escribís, mucho u.u

    Pd: ya cerré mi face, adiós a las redes sociales.

    bahi

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  2. Pedro, tu ahijado querido7 de diciembre de 2011, 13:46

    Dios mío de mi vida.

    Que te voy a decir vida mía, sencillamente increíble. Prométeme que me firmarás tu próximo best-seller, de verdad. Durante toda la lectura he sentido un agobio, una impotencia por no poder agarrar a la pobre mujer. ¡Si es que todo está tan bien detallado que a veces me creo que soy la propia enferma! Es que estando tan bien detallado... Los pelos de punta, vamos.

    Y el final, simplemente apoteósico.

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  3. Usas el monólogo interior tan, pero tan bien. Adaptas la prosa justamente a cómo lo haría la narradora, el personaje. Escribes tan bien, que Dios, cómo uno se adentra al espacio en el que sucede el cuento, que parece que lo vemos frente a nosotros y la empatía inunda nuestro ser.

    No quiero identificarme mucho, porque no quiero que me pase algo así. Algo como lo que vive la protagonista y que no podría entender hasta algún tiempo después, luego de que la razón volviese a tocar mi cabeza tras haber superado aquella trágica muerte.

    Dicen que todo cuento y demás es autobiográfico. No sé si te ha pasado, pero si ha de ser, lo lamento mucho.

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  4. Se te va a extrañar en las adictivas redes sociales, Bahi.

    Y, si se me cumple el deseo de sacar un best-seller, por supuesto que voy a firmártelo, corazón de mi vida.

    Por suerte jamás me pasó algo semejante, pero creo que es uno de mis más grandes miedos. No sé qué tan real parezca, considerando que quienes lo han leído tampoco lo han sufrido. Pero si logré, al menos por unos segundos, rozar con mis palabras lo hondo de su pena... Creo que puedo declararme satisfecha.

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  5. Carlos Ricardo Estremecimiento13 de enero de 2012, 22:05

    ¡Me encantó! *O* Es hermoso y tan trágico. ._. Y... Eso, me encantó. ;_;

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  6. Pedro, tu ahijado querido,15 de enero de 2012, 5:25

    Sin duda, para mí al menos, no solo tu mejor relato (claro que tampoco he leído todos, he de reconocer) sino comparable con el de cualquier profesional. Enserio, no he podido evitar releerlo nuevamente, y me ha transmitido la misma pena e impotencia que la primera vez.

    Una vez más, ¡bravo! Te mereces todo y más.

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  7. Cómo duele ser humano.
    Cómo duele amar hasta el punto de no responder a razón alguna...

    Cómo duele contar con aquel don inigualable de la consciencia.
    ¡Cómo duele el miedo al que nos condena tan desdichado regalo!
    Mas, ¿no dolería aún con mayor y desesperante intensidad el comprender que nuestra humanidad va perdiéndose?

    Hoy arrebataste de este rostro robótico un gesto de espanto que es de cierta forma alegría, porque me recuerdas que algo de persona queda en este cuerpo: ese algo es la amalgama desastrosa de emociones que aunque a menudo insoportable se convierte en una esperanza extraña... que brota por cada una de las fibras de tu existencia tomando forma de palabras capaces de estremecer la tierra.

    Gracias por el remezón concedido.

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  8. Este relato sí que me fascinó de principio a fin, y tus descripciones son tan detalladas que por unos instantes me sentí en el cuerpo de esa mujer con toda su desesperación.
    Imagino el horror que debe ser perder un hijo, y que la negación debe ser una parte muy importante de eso. Creo que lo reflejaste de una forma fantástica :)

    Un besote, ya no te podés quejar más (?

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  9. Gracias por los ánimos a todos, de verdad.

    Duele ser humano porque duele vivir. Vivir sólo cuesta vida, dicen. Pero yo no les creo. Cuesta mucho más que eso. ¡Y cuánto!

    Pero es ese dolor, como decimos siempre, el que nos recuerda que somos humanos. Y qué sería de nosotros si no lo fuéramos. Ay, ya me he confundido a mí misma.

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