sábado, 23 de julio de 2011

Ruth

La helada brisa de aquella noche de noviembre impactaba contra su gélido rostro con la suavidad propia de la seda perteneciente a las cortinas de la casa que tenía a pocos metros de ella. Abrió los párpados con lentitud, dejando que sus pupilas se acostumbraran a la tenue luz que manaba del farol que se encontraba apenas más allá de donde terminaban los límites de la imponente casona que, con un poco de suerte, aquellla noche ardería con el fulgor propio de las llamas del infierno.

Desde pequeña acostumbraba a jugar con todo resplandor candente que lograba poner a su alcance. Amaba manejarlo a su propio gusto y placer, dominarlo con la determinación propia de una experta. Lo llevaba en la sangre, de eso no cabía duda alguna. Con el pasar del tiempo, su necesidad por un reto más grande comenzó a aumentar a un ritmo alarmante, hasta que terminó convirtiéndose en una obsesiva e imperiosa necesidad por hacer arder todo lo que la rodeaba. Estaba enferma. Pero su alterada mente no parecía notarlo. Aún así, esa noche podría menguar la peligrosa obstinación que amenazaba con destruir la poca cordura que le quedaba.

Elevó con etérea naturalidad el brazo en el cual llevaba un enorme bidón de gasolina que parecía desproporcionado en comparación a la delicadeza de su frágil cuerpo. Con el andar propio de una niña, se acercó a la que había sido su morada por catorce años, siete meses y ocho días. Abrió la puerta sin esfuerzo alguno y penetró en el silencio del que jamás pudo llamar su hogar. Los que decían ser sus padres descansaban en la elegante habitación destinada para tal fin en el primer piso. No planeaba llegar tan lejos. El fuego se encargaría de hacerlo.

-One, two, three little indians... -canturreó en voz baja, rociando los sofás de la sala de estar con el líquido de impactante aroma que caía de forma fluida mientras su brazo se movía al compás de la melodía. Tardó lo suyo en llevar a cabo dicha tarea por toda la planta baja. Al subir los escalones que la llevarían al primer piso, lo hizo de manera cautelosa y silenciosa, para no atormentar los dulces sueños de quienes descansaban en un banal subconsciente que, sin que ellos pudieran notarlo -aunque interiormente esperaba que sí, y que sufrieran de forma indecible-, pasaría a ser un eterno letargo que no tendría fin.

No tardó demasiado tiempo en vaciar el bidón de gasolina. Deseaba terminar cuanto antes, pero decidió permitirse un último vistazo al cuarto de sus progenitores. Tras contemplarlos por última vez, volvió a descender las escaleras. Extrajo con sumo cuidado un pequeño encendedor de su bolsillo izquierdo y se aproximó hasta la corriente más próxima del fluido. Con una endemoniada sonrisa, se inclinó hacia ella y presionó la ruedilla del mechero. Una instantánea chispa activó la llama y ésta no tardó en encender todo lo que la rodeaba. El fuego acarició la mano con la cual lo sostenía, obligándola a retirarla con rapidez. Se había hecho daño, pero no le importaba. Se puso de pie y comenzó a correr. No tardó en dejar atrás el lugar, luego el barrio y finalmente la ciudad. Sudaba y su respiración agitada amenazaba con hacerla detener muy pronto. Llegó a una elevación y la subió con intrépida agilidad. No dio lugar a la quietud en su organismo hasta que no se hubo encontrado a la altura suficiente como para ver el espectáculo. Sólo en ese instante, pudo darse vuelta y permitirse contemplar su obra maestra.

Suspiró profundamente al ver como las llamas comenzaban a devorar la construcción con más velocidad de la que ella misma había pensado. Ese era un nuevo día en la vida de Ruth. A partir de ese momento, todo sería distinto.

2 comentarios:

  1. Espeluznante; una historia atroz. Más terrible aún es pensar que una ficción como esta nace de una realidad que no tiene posibilidad de discusión. Qué mundo loco, qué mundo enfermo este que hemos creado. Pero, ¿cómo saber quien está mal, si la verdad es individual, si la realidad es subjetiva? Siempre me ha parecido curioso ese talento de poder adentrarse de manera tan perfecta a la visión de una realidad trastornada que no se acomoda a la de su autor.

    Será que todos estamos igual de locos. Será que de alguna forma la mayoría consigue disimularlo mejor. ¿Para que osar a tan siniestra farsa?

    De pronto hago memoria de un personaje sobre el que alguna vez hiciste mención, tal vez esta sea parte de su historia, tal vez no... cierto es que el nombre lo he perdido en este espacio hueco por encima del cuello.

    Escalofriante, de todas formas. Precioso y escalofriante.

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  2. Pobre Ruth, tan mentalmente desequilibrada... Algún día tendré que seguir su historia. Al menos, ilustrar un par de capítulos más de su vida, para cerrarlo y acabar la horrible pesadilla que con estas palabras he creado.

    A veces, la ficción es más atemorizante que la realidad. Quizás porque es en ella donde surgen las ideas más catastróficas, que luego se dibujan en nuestro mundo como retazos escalofriantes de lo que nuestra mente alguna vez hubo formulado.

    Porque, después de todo, nada existe en el mundo si antes no estuvo en la mente de alguien. Si no pudiéramos pensar, si viviéramos en el ingenuo analfabetismo de los animales, quizás no habría tanto a lo que temer.

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