lunes, 9 de junio de 2008

Presencia inmanente

El auto se deslizaba a una velocidad vertiginosa por el pavimento. Yo me encontraba en el asiento trasero, absorta en la lectura de Crepúsculo. Súbitamente, sentí descender la aceleración del vehículo. Alcé la vista y observé cómo nos acercábamos cada vez más a una camioneta que, por la imprudencia del conductor de un imponente furgón que avanzaba por la mano contigua, había clavado los frenos, deteniéndose en la banquina.
El auto dio un brusco viraje y se precipitó hacia fuera de la carretera, derrapando descontroladamente por el pasto.
En el interior del automóvil reinaba el silencio. Todo parecía desplazarse en cámara lenta.
Aferrada al asiento, miles de imágenes se mezclaban en mi mente, junto con la visión del inminente impacto. Faltaban tan sólo unos centímetros para que el auto volcara.
Prácticamente, tenía la certeza de que un instante después, éste rodaría dando tumbos por la hierba. Sin embargo, en mi fuero interno, no estaba asustada; sabía que, sin importar lo que me sucediera, iba a estar bien: Él estaba conmigo.

Aunque a veces no lo recordemos, aunque a veces lo olvidemos, Él siempre estará junto a nosotros, cuidándonos, velando por nuestras almas. Porque es nuestro Padre y nos ama a todos y a cada uno, sin importar cuánto lo queramos nosotros. Yo sé que Él siempre está conmigo y que nunca me deja sola.


2 comentarios:

  1. Es sin duda curioso, ese empeño obstinado del hombre por aferrarse a algo en aquellas situaciones límites que se le presentan. Cuando la muerte trepa rápida por nuestra espalda, cuando suspira sobre nuestros oídos el hálito ponzoñoso de su esencia... necesitamos creer. En algo. En alguien. ¿Será porque sólo entonces es que algunos logran avistar la existencia de algo superior? ¿Será por el contrario, que nos animamos a reconocer con sumisión la insignificancia de todo cuanto hemos levantado? Hacia el final, parece ser que que algo de la razón a la que rehuimos llega a socorrernos.

    Lo digo, porque viví lo que tú. En un tiempo distinta... en otra situación límite. Me acordé se él.

    La diferencia: Yo temí.

    Tu convicción nadie podría ponerla en duda. Lo anuncia la firmeza de tus palabras y la fluidez de tu discurso. Bravo por eso. Mis respetos.

    ResponderEliminar
  2. E hiciste bien en temerle.

    Después de todo, es mi eterno afán de rebeldía lo que me impide atemorizarme ante su simple mención. Una falta de respeto muy grave me atrevería a decir, ante alguien tan formidable.

    Sonreírle a la muerte, siempre me pareció una buena manera de despedirse de este mundo... Para recibir a la otra vida.

    ResponderEliminar