lunes, 9 de junio de 2008

Presencia inmanente

El auto se deslizaba a una velocidad vertiginosa por el pavimento. Yo me encontraba en el asiento trasero, absorta en la lectura de Crepúsculo. Súbitamente, sentí descender la aceleración del vehículo. Alcé la vista y observé cómo nos acercábamos cada vez más a una camioneta que, por la imprudencia del conductor de un imponente furgón que avanzaba por la mano contigua, había clavado los frenos, deteniéndose en la banquina.
El auto dio un brusco viraje y se precipitó hacia fuera de la carretera, derrapando descontroladamente por el pasto.
En el interior del automóvil reinaba el silencio. Todo parecía desplazarse en cámara lenta.
Aferrada al asiento, miles de imágenes se mezclaban en mi mente, junto con la visión del inminente impacto. Faltaban tan sólo unos centímetros para que el auto volcara.
Prácticamente, tenía la certeza de que un instante después, éste rodaría dando tumbos por la hierba. Sin embargo, en mi fuero interno, no estaba asustada; sabía que, sin importar lo que me sucediera, iba a estar bien: Él estaba conmigo.

Aunque a veces no lo recordemos, aunque a veces lo olvidemos, Él siempre estará junto a nosotros, cuidándonos, velando por nuestras almas. Porque es nuestro Padre y nos ama a todos y a cada uno, sin importar cuánto lo queramos nosotros. Yo sé que Él siempre está conmigo y que nunca me deja sola.