Su vida había transcurrido normalmente, sin ningún acontecimiento extraordinario, hasta ese día. Tras levantarse al despuntar el alba, se dirigió hacia el tocador. Removió un par de frascos y se quitó la redecilla que sostenía su cabello. Luego de rebuscar su crema predilecta, abrió el pomo y con delicadeza vertió un poco de su contenido sobre sus níveos dedos. Levantó la mirada hacia su reflejo y se acercó al espejo, con el fin de obtener una mejor visión de lo que estaba por hacer.
Fue entonces cuando la descubrió. Flotando entre su cabello azabache, etérea y traviesa como una niña coqueta entre un centenar de niños, bailaba una cana. La contempló, asombrada al principio, reacia después. Frunció la nariz y sus labios se curvaron en una expresión de disgusto. ¿Qué hacía esa cosa allí? No se encontraba en ese sitio el día anterior, podía asegurarlo. ¿La habría implantado el duende de la vejez mientras dormía? Temerosa de que se cumpliese el refrán de que si la arrancas te salen siete, la ocultó como pudo, entre su melena oscura. Pero la cana no estaba decidida a permanecer en el anonimato. A media mañana, uno de sus compañeros de trabajo que rara vez le dirigía la palabra, realizó el primer comentario en voz alta sobre la inquilina que descansaba en su cabeza. Lejos de hacerlo de forma despectiva, argumentó que ni siquiera los más bellos se libraban de ellas. La muchacha rió. A otros de sus colegas les pareció divertida la idea y pasaron toda la hora del almuerzo charlando animadamente con ella, quien rara vez gozaba de una compañía que no fuera la propia en esos horarios.
Al llegar la noche, volvió a contemplarse en el espejo. Dirigió toda su atención hacia la cana, gustosa de haber recibido tantos buenos tratos aquel día. La cogió entre los dedos índice y pulgar... Y la arrancó. A la mañana siguiente, grata fue la sorpresa de descubrir siete canas nuevas y refulgentes en su cabeza. Esa vez, acaparó la atención de su mejor amiga, quien escandalizada se preguntó si a ella también le estaría llegando la hora de ponerse "antigua", como le gustaba llamarlo. Pero así y todo, pasaron una estupenda tarde. Tan feliz fue ese día para la joven, que al caer la tarde, se despidió de sus siete canas, para despertarse al otro día con cuarenta y nueve cabellos blanquecinos decorando su melena color azabache.
Y así fue pasando su vida. Su monótona rutina se transformó en un apasionante camino al éxito. Su cabellera se fue tornando cada vez más blanca, hasta que llegó la noche en la que no pudo seguir arrancándose canas, pues aquello le hubiese equivalido a quedarse pelada. Ya no quedaba una sola mancha negra en su melena. Su cuero cabelludo estaba malherido por el continuo esfuerzo de todas las noches, pero las canas decoraban su rostro, fuertes y resistentes. Y ella era feliz. Arrancar cada cana había supuesto un sacrificio, un esfuerzo. Pero los frutos de aquello habían sido cien veces más gratificantes. Habiendo llegado al culmen de su vida, podía declararse completamente hecha. Y pensar que todo había comenzado por una tonta cana. Muchas habrían hecho un desesperante drama al descubrirla, pero ella no...
Ella había sido optimista.